Sueño de vida

Autor: Iván Darrigrande E. | Fecha: 2009-02-28 | ID: 553 | Categoría: Alma | Tema: Arte | Tipo: Relatos y comentarios

Tuve un sueño angustioso.

Iba al atardecer al Estadio Español, con mi equipo de tenis, como tantas veces. Iba con la típica sensación de competencia, donde no me importa perder, pero con la esperanza de contestar con algunos buenos golpes los ataques de mis amables adversarios. Es parte de mi vida el juego del tenis, la relación amistosa con los compañeros de la sección, la conversación con nuestros apreciados encargados de los camarines, Jorge y Roberto. Me parece placentero intercambiar algunas frases graciosas con nuestros entrenadores, Juanito y Danilo. Al llegar al Estadio, en ese sueño, iba con la seguridad que esa tarde eso lo viviría de nuevo, como tantas veces. El corazón iba alegre, casi silbando una alegre melodía.

Al llegar a la puerta del Estadio me llamó la atención que no estaba el portero, aunque todo se veía encantador, como siempre, con la bella luz del atardecer. Pensé que el portero habría dejado la puerta sólo un momento, puesto que nunca está ausente. Entré como siempre, pasando la tarjeta por el torniquete de entrada, y la pantalla mostró mi nombre y permitió el giro. Entré por el sendero que lleva a la Casa central del club, entre las flores, viendo las fuentes con sus chorros de agua, divisando los arcos que rodean la piscina principal, iluminados bellamente por el sol de la tarde. Al llegar a la Casa Central escuché la música española suave, de guitarras, que está frecuentemente en los altavoces, música que nos pone en el alma el vínculo ancestral con nuestros antepasados y esa sensación de amor por la herencia que sus vidas nos han traspasado.

Me dirigí hacia la terraza y noté que en el Bar no había nadie, aunque las luces estaban encendidas, lo mismo que en la Cocina. Esto ya me inquietó. En la terraza tampoco había nadie, aunque la luz del sol de esa hora la hacía atractiva, los ventiladores de techo giraban y la música española, de guitarras, seguía expresando los sentimientos que han construido nuestras almas.

Me pareció inconcebible esa soledad hundida en la belleza. Partí trotando hacia el edificio de la sección tenis, esperando ya, con angustia, ubicar a Jorge o a Roberto, o a cualquiera de mis numerosos amigos de la sección. Esperaba una explicación para entender con racionalidad el motivo de la desaparición de todas esas personas que siempre encontramos en nuestro Estadio, y que construyen la bondad más querida de nuestros días. En la sección tenis tampoco encontré a nadie. Eso me llenó de temor. Llamé a gritos a Jorge, a Roberto. Bajé a los camarines inferiores, gritando. Las luces estaban encendidas, todo ordenado y limpio, como siempre, pero la soledad ya me había agarrado el corazón y me dificultaba la respiración.

Salí corriendo hacia el sector de las canchas de tenis. Vi el gimnasio del Polideportivo iluminado, todo disponible, pero nadie en él. Corrí por entre las canchas, gritando "¿hay alguien aquí?". Nadie. Entré al Gimnasio y sus camarines. Nadie. Entré a la piscina temperada, toda iluminada, cálida. Nadie.

Al salir me dirigí a la cancha de fútbol, gritando desesperado, corrí por entre los árboles del parque, sintiendo que una rara muerte estaba entrando en mi corazón. A pesar de la belleza alrededor, mi corazón sentía una pérdida de la energía de vida. No era una debilidad orgánica, sino el cese de la entrada en él del flujo de vida que siempre había sentido. Era obvio que la vida no me venía sólo del funcionamiento de mi cuerpo, que estaba suficientemente sano, sino que desde afuera entraba un flujo de vitalidad más valioso que el de mi organismo. Nunca me había dado cuenta que la vida mayor me venía desde fuera. La caída de ese flujo de vida me estaba matando el alma. Podía correr, saltar, gritar, pero notaba que dentro de mí la vida se estaba debilitando.

Corrí hacia el Cruceiro, que nos trajo de Galicia el querido Emilio López. Allí estaba el Cristo de piedra, crucificado, que orientaba a los peregrinos hacia Santiago de Compostela. Sentí en mi alma el llamado que El hizo en la cruz: "Señor, ¿por qué me has abandonado?". Yo me sentía también abandonado. La sequía de vida que invadía mi alma era ya la puerta hacia la muerte.

Corrí hacia la calle. El sol recién se había puesto. No había nadie. Ningún vehículo transitaba por Apoquindo. Los alrededores del Estadio estaban vacíos. Los edificios iluminados, pero solitarios. No sabía como volver a casa. Llorando y gritando desesperado comencé a correr sin rumbo.

Desperté. El corazón casi se me salía por la boca, casi no podía respirar. El llanto me ahogaba. Miré a mi lado y mi esposa no estaba. ¡Oh, vacío insufrible! Recordé que se había ido a Viña del Mar, por un par de días. Lo peor es que no estaba seguro que el sueño hubiera sido sólo un sueño. Quizás el despertar era entrar con cuerpo concreto a la soledad que en el sueño había vivido. Quizás la pena de muerte del alma, que aún me ahogaba, estaba ahora extendida en el mundo material. Me levanté desesperado y partí al Estadio. El sol aún no había salido, pero ya su luz se asomaba por la cordillera. En la calle no andaba nadie, ningún vehículo. El sueño vivido lo sentía ahora como una realidad insoportable. Llegué al Estadio, dejé el auto en la puerta y entré corriendo. La reja de la puerta estaba entornada y no estaba el portero. Casi se detuvo mi corazón.

Pero entonces apareció sonriente el guardia de noche, arreglado como para partir a su casa. La aparición de esa grata persona, siempre sonriente, detuvo el ataque. Sentí, de un modo elocuente, la llegada de flujo hacia mi "reservoir" de vida, en ese momento casi vacío.

Me dieron ganas de abrazarlo, pero le pregunté: "¿y el resto de las personas?". Me dijo: "Ya están empezando a llegar". Le dije: "me da un gran gusto verlo". Con una elegante inclinación de cabeza me dijo: "Muchas gracias, señor. Lo mismo para ud." Pero una voz interior me dijo. "Este es un habitante de la soledad. Busca más gente". Con agradecimiento hacia esa persona, con la esperanza que me proporcionó de recuperar la energía de vida que viene de los otros, corrí hacia el interior. En el edificio de la sección tenis no había nadie. En el Gimnasio Polideportivo tampoco. No se veía nadie circulando por el parque o por las canchas de tenis. De nuevo empezó la angustia desesperante y el corazón queriendo salirse. Pero en un borde de la cancha de fútbol vi a un jardinero, que siempre escucha una pequeña radio con música rítmica del siglo pasado. Llegué hasta él y lo saludé con afecto. Le pregunté por qué estaba tan temprano. Me dijo que era por el menor tiempo de transporte que lograba a esa hora. Sonriendo me dijo que le gustaba trabajar en el parque a la primera hora de la mañana. Sentí, de nuevo, el flujo de vida que de él salía y alimentaba mi "reservoir". Le dije: "me da un gran gusto verlo". Me dijo: "Gracias, señor. Que lo pase muy bien". ¿Otro habitante de la soledad? Ya la vida estaba fluyendo. Corrí de vuelta al edificio de la sección tenis. No se veía nadie. Pero entonces divisé a mi muy amable amigo Walter Kaufmann abriendo la puerta del Gimnasio Polideportivo. El siempre va muy temprano a hacer gimnasia. De lejos le grité con ansiedad: "Walter". Me miró con sorpresa y sonriendo me dijo. "¿Cómo es que estás llegando tan temprano?" Estoy sumido en la soledad, le dije. Llegué y lo abracé. En mi corazón sentía renacer la esperanza y sentía cómo el canal de vida que emanaba de él alimentaba mi depósito de vida. Entramos al gimnasio y empezamos a usar las máquinas. Yo estaba en la elíptica y él en una bicicleta, hablando sobre sus pinturas. Entonces llegó Marcos, nuestro entrenador del gimnasio, gentil y amistoso. "Tantos días que no venía, don Iván. ¿Cómo ha estado?" Sentí el flujo que me llegaba desde su canal de energía de vida. Ya no era sólo esperanza la que sentía, sino un verdadero renacimiento. Luego llegaron Montserrat y Alejandra, dos señoras jóvenes, atractivas y simpáticas, sonriendo como siempre y haciendo bromas. Luego llegó Francisco, con su típico gran bolso y cordialidad. Llegó luego Manuel Rodríguez, afectuoso y de gran vigor físico, para trotar sin descanso en casi una hora. Con ellos entró hacia mí un río de energía de vida. Mi depósito se llenó completamente. A distancia pasaron Juanito y Danilo, los entrenadores de tenis, hacia las canchas 11 y 13. Desde la distancia sentí también la irradiación de su energía de vida. Me sentí en condiciones de ser yo también un canal de flujo de esa energía. Al salir del gimnasio, era otro.

Al irme al camarín encontré a Jorge, el encargado, con quien hemos conversado por años de cosas de su vida y de la mía". ¿Cómo le va, don Iván? ¿Estaba fuera, que no había venido?" Lo abracé y le dije: "Me da un gran gusto verte de nuevo". Inclinó, sonriendo, su cabeza y me dijo: "Bienvenido".

Sentía el corazón recuperado. La alegría superaba mi seriedad normal y notaba que me estaba comportando como si alguna droga me hubiera exaltado. Eso quizás pensaron los que me vieron esa mañana. En el camarín un socio, que estaba en la ducha, había dejado una pequeña radio tocando hermosa música. Esa música la sentí como una lluvia de energía de vida, que era enviada desde lugares lejanos, y aún desde otros tiempos, por gente maravillosa y emanante de un intenso flujo.

Ya vestido salí silbando a buscar mi auto, para irme a la oficina. Prendí la radio y una hermosa voz, desde los años 40 del siglo pasado me cantó: "Again, this couldn't happen again...". Era la gran Vera Lynn. Acepté su pronóstico. Lo que había vivido fue cruzar una puerta hacia el mundo intangible del espíritu y de la trascendencia de la vida. Lo que mi corazón había visto era una revelación de nuestra naturaleza humana, que tiene una dimensión inmaterial que se nutre de la energía creadora.

No encuentro palabras para expresar la profundidad de la experiencia vivida. Necesitaré meditar largamente para poder expresar con lenguaje racional el significado de lo vivido. Tal como hacemos nuestros estudios científicos, que empiezan a racionalizar lo que nuestra intuición cerebral ha captado, tendré que meditar para entender qué es lo que vi. ¿Qué fue lo que entendí? ¿Qué fuente crea la energía? Mi corazón lo sabe. Pero tengo que meditar largamente para encontrar las palabras.

Más adelante les cuento lo que sigue.

Iván Darrigrande E.
Febrero 2009

Enviar

Ir al inicio