Cobijo y azoramiento

Autor: Edmundo Moure Rojas | Fecha: 2014-12-28 | ID: 709 | Categoría: Alma | Tema: Arte | Tipo: Pensamientos

Se sabe de numerosos individuos que, al momento de morir o en trance de algún accidente grave, se recogen en posición fetal, como buscando, de manera instintiva, el cobijo primigenio del vientre materno, aquella única morada, quizá, donde vivimos a resguardo de todos los peligros, libres de amenazas externas. Es aquélla la casa originaria, desde donde salimos para nacer en el mundo, desprotegidos y azorados ante la inminencia de riesgos que intuimos, pero que desconocemos, hasta que nos toca enfrentarlos con nuestros precarios medios de defensa, en un aprendizaje que es el más prolongado de todas las especies animales. Sí, porque el ser humano jamás deja de aprender y nunca podrá decir que está exento de cometer yerros, a tropezar con las mismas piedras del camino.

Hay quienes sostienen que la saudade o nostalgia del paraíso perdido nacen de ese trauma de la separación violenta de la madre,  en su función de casa y abrigo que no queremos abandonar. Algunos jamás asumen la realidad de aquel desmembramiento doloroso, por lo que se les supone víctimas del síndrome de Edipo. Y van por el mundo en pos de la madre, buscándola, ansiosos, tras cada tropiezo, llamándola, sin cesar, en los llantos secretos del desasosiego.

Otro ademán o actitud corporal relacionado con la búsqueda de cobijo, es el recogimiento sobre sí mismo que exhiben los ancianos, traducido en un virtual empequeñecimiento corporal, como si a medida que corre el vertiginoso tiempo de la senectud, se fueran acercando, de modo imperceptible, a la tierra que les cobijará, esa morada postrera que es como el vientre materno, sólo que en vías de la disgregación y no del florecimiento.

Todos los seres vivos necesitan de refugio. Algunas especies, como los marsupiales, siguen viviendo apegadas a la madre, como lo hace el pequeño canguro, habitando el cálido espacio que ella dispone para él en su propio cuerpo, hasta que está bien crecido y puede saltar las barreras vitales sin la supervisión de su progenitora. Otros, más previsores, como el caracol y el cangrejo, optaron por la casa rodante que llevan, adherida al cuerpo, en la que entran o se recogen cuando se sienten agredidos.

La curruca es un pequeño pájaro mediterráneo, pariente del gorrión, que habita en los bosques de matorrales, donde arma sus nidos, alejándose de los depredadores, buscando cobijo lejos de los seres humanos, a quienes rehúye. La curruca nos ha regalado un verbo reflexivo, “acurrucarse”, que significa recogerse en sí mismo, ovillarse, hasta volverse diminuto e invisible a los ojos acechantes de los rapaces. Es posible que esta expresión constituya una suerte de epónimo silvestre para el hermoso pajarillo de cola levantada, tanto así, que si su especie desapareciera, como tantas otras que abandonan a diario la humana hostilidad del planeta, quedaría la palabra, el verbo como testimonio perdurable de su existencia.

El azor, de la familia de los halcones, es uno de los peligros vivos de la curruca y otras avecillas más o menos indefensas. También esta ave carnicera tiene su verbo y su adjetivo: azorarse, azorado; sobresaltarse, sobresaltado. Los humanos, en la misteriosa y fascinante construcción del lenguaje, han buscado y hallado correspondencias significantes en el comportamiento de animales, como ha sido el caso de este pájaro, asistente amaestrado de cetrería volátil, que llama la atención por sus rápidos movimientos y por sus enormes y expresivos ojos, que reflejan y manifiestan el azoramiento ante un peligro inminente.

Con sus ojos muy grandemente llorando
tornaba la cabeza y estábalos mirando:
vio las puertas abiertas, los postigos sin candado,
las perchas vacías   sin pieles y sin mantos
y sin halcones y sin azores mudados.

Al comienzo del Poema de Mío Cid, encontramos estos versos, donde canta la dolorosa nostalgia del desterrado. Allí se habla de halcones y azores, aves cazadoras preferidas por los nobles para el entretenimiento de la caza, afición tan española y transversal, que ocupa a reyes, señores, vasallos y villanos de toda ralea.

Mientras escribo, mi gato pardo, que se llama Campeador, roza su cuerpo contra mis piernas, arquea la cola y se ovilla, con esa ductilidad algo artera de los felinos, mientras ronronea, es decir emite un sonido ronco, gutural y onomatopéyico:  ronronronronron, que da origen al verbo gatuno y cautivador. –Me estás tratando de engatusar, le digo, empleando el verbo nacido de su actitud engañadora, pero no te acariciaré, porque estoy escribiendo. Me mira entonces, con sus achinados ojos amarillos y se retira, con expresión azorada.

Hago un alto y te recuerdo. Hace frío. Afuera cae la lluvia de abril, como un llanto sobre la tierra sedienta. Siento deseos de acurrucarme junto a ti, de hacerme un ovillo en tu regazo, como amante-hijo que busca la casa extraviada. Espero que no caigas en azoramiento y me mandes a dormir solo, como un huérfano sin arropo, pájaro sin nido, alma sin su hogar, ese corazón hospitalario donde se cobija el fuego.

Edmundo Moure Rojas

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