La insoportable relativización de los valores

Autor: Hugo Borgna | Fecha: 2014-10-05 | ID: 690 | Categoría: Alma | Tema: Valores | Tipo: Testimonios

En principio, lo que no está bien, está mal.

Es natural que la gente se comunique y converse, muchas veces con café a la vista, aislándose del mundo. Pero si están en horario y lugar de trabajo y debido a ello no atienden al público, estando conscientes de su expectante presencia, pasa a ser una mala actitud.

Óleo puerto de nochePuede ocurrir que sus superiores lo permitan tácitamente, entonces se convierte en una costumbre autorizada y no se analiza que esté bien o mal,  pasando a ser, por consentimiento general, en un derecho adquirido y por lo tanto quien se atreva a objetarlo será mal visto y también tratado de desubicado y como ningún mal termina donde comienza, luego se habilitan muchos momentos más de tertulia y diversión (habiendo tareas que por ello se atrasan), igualmente legitimados.

Del mismo modo, en el ahora deporte-espectáculo (entiéndase fútbol), lo que antes era infracción (y muchas veces grave), dentro y fuera del campo de juego, se relativizó. Detener la acción del jugador del otro equipo (no confundir con equipo contrario) con un golpe o empujón intencional perdió importancia y se justifica por la tensión que supone mantener una ubicación en la tabla de posiciones en torneos cortos; generándose paralelamente, respecto de los árbitros, una dualidad de opinión: si toman literalmente el reglamento, se los califica como demasiado rigurosos y si lo hacen aplicando criterio (es decir, juzgando la intención y no la acción pura), son culpables de que el partido se desnaturalice cuando los jugadores, viendo la permisividad, se dedican a pegar como si fuera la última vez. Por estos días son raros los partidos que terminan sin incidentes graves, son frecuentes las amenazas a jugadores y directivos por las hinchadas y las batallas entre éstas. Este panorama enrarecido se acepta y define, al momento de criticarlo, como la acción de unos pocos inadaptados o como integrando el folklore futbolístico.

Quién sabe por qué, a la palabra moral se la guardó en una bolsita de naftalina, tal vez por la antigüedad de ambas y sólo por eso se pretende su falta de vigencia. Pero cuando se trata de defender valores individuales, enemistados con el interés general, siempre alguien aparece reclamando la presencia siempre necesaria del fundamental principio ético.

El hecho de ejercer el pensamiento por el hombre le impone la obligación de ser moral. Tiene, y por tanto debe, superar las tendencias egoístas siempre latentes, defendidas con frases conformistas, ambiguas o cínicas, que no son otra cosa que engaños de poco recorrido ya que el daño se hace principalmente hacia adentro.

La moral es el principio constitutivo de la convivencia. No se puede fraccionar, negociar, ni condicionar. Se debe respetar si se espera respeto de los demás.

La relativización de los valores es una salida fácil, siempre disponible, la mejor alternativa para no sentirse mal después de haber hecho algo incorrecto, que ha perjudicado a otros. Se practica sobre todo cuando se pretende seguir en la misma actitud de individualismo a pesar de todo, y necesita cómplices, tales como el silencio y la oscuridad. El debate abierto es su mayor enemigo.

Los buenos principios tienen luz propia, no necesitan defensores ni justificación. Están, y su peso es tal, que aumenta en la medida en que alguien intente aligerar su valor.

Lo que no se entiende, aplicando sentido práctico, es por qué convivimos tan mal conociendo desde siempre que es mucho más fácil hacer bien las cosas.

Hugo Borgna
hubor@wilnet.com.ar
ATAJO, periodismo para pensar
Octubre 2014

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