Los que viven en nosotros

Autor: Edmundo Moure Rojas | Fecha: 2014-07-25 | ID: 658 | Categoría: Alma | Tema: Arte | Tipo: Relatos y comentarios

Para mi amigo, Kino Torres

Hace treinta años, en mi primer viaje a tierras gallegas, conversando con un paisano, coetáneo de mi padre gallego, con quien quise recordar algo de la memoria de nuestros antepasados que hoy moran fundidos en la tierra, me dijo, con esa aparente rudeza campesina, que no es más que la verdad sin eufemismos: -“Dejemos a los muertos tranquilos, ellos viven en nosotros o no están en ninguna parte”.

En ese momento no capté, quizá, el sentido pleno de su aserto, porque yo andaba en afanes de recuperar aquellos hilos sutiles de la remembranza tribal, aunque fuese en las palabras, para tejer el imposible paño donde dibujar y retrotraer el pasado perdido entre los vericuetos del tiempo. Años más tarde –tres o cuatro tal vez-, cuando ya Cándido Pai se había marchado de este mundo, experimenté una curiosa sensación, mientras me duchaba por la mañana, antes de la cotidiana carrera por la subsistencia. Vivía entonces una de mis tantas crisis financieras, y sentía en aquella madrugada la tenaza aleve de compromisos pecuniarios por cumplir y sus consabidas amenazas… De pronto, sin percatarme casi, comencé a pronunciar algunas palabras en lengua gallega, cuyo tono y prosodia las hacían sonar como venidas de la boca de mi padre… Traían, además, esa cazurrería propia de la estirpe, el humor que conocemos como “retranca”, que consiste en mofarse de las propias miserias, para así paliar su importancia relativa y, sobre todo, su ridícula pretensión de que influirán en la marcha imperturbable del universo. Es un recurso de sanidad existencial, acervo de los viejos pueblos, también presente, según he aprendido por mis lecturas, entre los judíos y sus hermanos semitas, los árabes.

Supe entonces que mi padre comenzaba a vivir en mí y esa era la campana de su memoria, más que los homenajes de aniversario, y ni qué decir de ese patético rito de las flores que se depositan en una lápida, quizá para morigerar el sentimiento de culpa que llevamos dentro por no haber amado lo suficiente en vida a nuestros “seres queridos”… En otro plano, los epónimos inútiles en recuerdo de personajes y próceres, o sus estatuas polvorientas y cagadas de palomas, que sirven apenas a los borrachos para orinar sus amarillas penas, pasada la medianoche.

En esto también llevan ventaja los poetas, porque sus versos, si logran el esquivo premio de la posteridad, seguirán palpitando en la memoria de las épocas, que los harán suyos, una y otra vez, porque algo o mucho han expresado de la condición humana que sobrevive el paso efímero de las generaciones.

Y si llevamos en nosotros esos puñados de vidas que nos precedieron, también llevamos los residuos de sus muertes, porque lo bueno y lo malo de ellos está en nosotros y el recuerdo jamás será una resurrección, sino la certeza de lo pasajero, que es también una forma de eternidad robada a las esferas indescifrables del tiempo. El odio y el amor, la frustración y la esperanza, el éxito y el fracaso, constituyen el amasijo con que están construidos nuestros seres entrañables. Cabe amarlos, en silencio, dentro de la habitación íntima y cerrada que somos, como lo sabe hacer el poeta:

A nai cando era nena
soñaba veleiros brancos:
interrogaba o porvir
tecendo panos e cantos…

Peíños descalzos na herba
e as canelas no orballo,
buscando o seu rostro nas nubes
ficaba suspensa en abraio,
pensando días futuros,
soñaba veleiros brancos.

Mais polo ceo sen tempo
dos seus ollos, leves no leve,
brancos no Branco,
seguen a cruzar ténues,
venturosos, imposíbeis,
aqueles veleiros leves,
aqueles veleiros brancos.

 

La madre cuando era niña
soñaba veleros blancos
interrogaba el porvenir
tejiendo paños y cantos…

Piececitos descalzos en la hierba
y las canillas en la lluvia fina,
buscando su rostro en las nubes
quedaba suspendida en el asombro
pensando días futuros,
soñaba veleros blancos.

Mas por el cielo sin tiempo
de sus ojos, leves en lo leve,
blancos en el Blanco,
siguen cruzando tenues,
venturosos, imposibles,
aquellos veleros leves,
aquellos veleros blancos.

Xulio López Valcárcel (poeta gallego)

Edmundo Moure
Abril 2014

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