Desde mi balcón

Autor: Francisco Bascuñán Letelier | Fecha: 2014-01-05 | ID: 58 | Categoría: Cosmos | Tema: Religión | Tipo: Relatos y comentarios

Recuerdo una noche de angustia como pocas y un amanecer radiante como el más radiante. No quedó grabada la fecha en mi agenda pero sí, e imborrable, en el fondo de mi corazón. Esa noche de aflicción, debe haber sido el año 1958 pronto a cumplir mis 18 años de edad, cuando decidí dejar la religión católica que profesaba con cariño. Confieso que con todo lo macho recio que me creía a esa edad, esa noche sentí correr más de una lágrima por mis mejillas. No era menor el hecho de dejar la casa que albergó mi alma por tanto tiempo, para ese entonces, toda mi vida. También recuerdo el amanecer siguiente, como el más radiante de todos mis amaneceres, con dominio de mi alma, con responsabilidad de mi propio devenir y con la alegría que sólo te puede dar la libertad.

Muy pocos años después, en 1960, fue convocado el Concilio Vaticano II por el Papa Juan XXIII. Fue muy difícil enterarse de su contenido, sólo hasta muchos años después, ya redactadas las correspondientes encíclicas durante el papado de Pablo VI. Eran cambios profundos en la dura época de la guerra fría, tan dura que hasta asesinaron al Papa sucesor Juan Pablo I quien gobernó la Iglesia sólo unos pocos días, dejándonos de legado una simple, amable y alegre sonrisa. ¡Qué gran legado! Duro fueron también los tiempos de su sucesor el Papa Magno Juan Pablo II, quien además de sufrir un ataque suicida a quema ropa, le tocó la ardua tarea de difundir por el mundo, el contenido de las Encíclicas del Concilio Vaticano II. No hubo uno de sus numerosos escritos y discursos en que no se refiriera a él haciendo referencia a alguna de sus encíclicas.

Llegamos a la época de los papas actuales, sin haber visto un cambio señero en la Iglesia Católica por volver a la humildad y sencillez de Cristo ni a la universalidad que demandó el concilio.

La ‘Exhortación Apostólica’ que hoy nos presenta el Papa Francisco, posiblemente constituye el primer golpe de timón fuerte hacia las perdidas sendas del cristianismo por parte de la Iglesia Católica.

El documento está escrito magistralmente por manos de un jesuita competente, inteligente y con un perfil indiscutido de líder. Es una oda a la alegría, no a los sones de Beethoven, pero si a la “alegría del evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Así se inicia la obra que seguro marcará un hito en la historia de la Iglesia Católica.

Libro de exhortació apostólica

Son 5 capítulos en 220 páginas y 54.000 palabras. Ver documento completo

El lector percibe la transmisión de un genuino Espíritu que nos embarga de principio a fin.

Con un lenguaje directo, sin ambigüedades, marcando una senda renovadora y dirigida a los fieles católicos ‘sobre el anuncio del Evangelio en el Mundo Actual’, va conformando una especie de ‘manual’ para lograr un buen éxito en una pretendida y arrolladora evangelización cristiana.

Es tan poderosa la fuerza en que se encuadra, que nos lleva a pensar en un cambio sustantivo en la dirección de los objetivos católicos. Uno siente un mayor acercamiento a las enseñanzas de Cristo, a tal punto que uno tiende a darle una segunda y tercera lectura, sino más.

Es cierto, el documento en comento, no está escrito para personas de libre pensamiento, sino que para los fieles católicos. Pero sí, pienso que tal vez lo podría haber sido. Porque hablar de Dios es una cosa, hablar de Cristo es otra; ya que si para los mismos cristianos, Cristo es Dios pero Dios no es Cristo, indudablemente que su palabra, por importante que sea, tiene otra dimensión. Pero hablar de religión, es una cuestión aún mucho más restringida y se relega a un tercer lugar muy inferior al lugar donde se encuentra Cristo. Por eso digo, que la divulgación de la palabra de Cristo o evangelización, va mucho más allá que una determinada religión y muy especialmente de la religión católica que nos muestra una lamentable y horrorosa historia de inquisición más que de cristianismo.

Desde mi balcón:

Pienso que esta Exhortación Apostólica podría haber sido abierta al mundo sin exclusiones, tal como lo demanda el concilio Vaticano II, y no restringida sólo al reducido mundo católico.

Creo que la ‘gracia’ recae a quien la pida y no sólo a los bautizados. Esta exclusión no es requerida para sintonizarse con Cristo y su palabra. El Altísimo ilumina a la creación toda.

Creo que nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu, los que unidos a semejanza de Dios, son bendecidos por la gracia en su justa medida.

Creo que la evangelización debiera de ser para todos: pobres y ricos, de una u otra cultura, de una u otra religión ya que las sobrepasa;  porque la palabra de Cristo alegra y reconforta a los afligidos que se encuentran por doquier.

Creo que la culpa del pecado recae en nosotros al elegir el mal y no en el demonio al tentarnos, éste sólo nos da la posibilidad de glorificar a Dios al elegir el bien. No podemos cambiar las leyes de la creación para engañar al diablo o para hacerle el quite al mal. Así como no podemos cambiar la ley de la gravedad para evitar los suicidas, tampoco podemos cambiar la ley del mercado para eliminar la lujuria. A mayor tecnología, necesitamos ampliar nuestras conciencia, engrandecer nuestro espíritu y darnos el tiempo para más oración.

Creo que no podemos olvidar ni obviar las tres concupiscencias que nos deja San Juan, por medio de las cuales perdemos nuestra libertad y por consiguiente nuestra dignidad, a saber: la riqueza, el poder y el confort. No podemos cambiar las leyes para engañar al demonio, sólo nos estaríamos engañándonos a nosotros mismos. Para derrotar a la tentación, sólo se requiere hacer la voluntad del Padre. Y esa voluntad está grabada en nuestros corazones desde que comimos el fruto prohibido del árbol del conocimiento; se encuentra en nuestros cromosomas.

Por último, creo que el Espíritu Santo Universal, tiene mucho más capacidad para cambiar el mundo que una u otra restringida y determinada religión.

Diego esto, porque pienso que este Papa Francisco tiene la anchura suficiente, en capacidad, en liderazgo y en espíritu, para exhortar al mundo entero.

Francisco Bascuñán Letelier
Los Maitenes, Enero 2014

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