La alegría

Autor: Francisco Bascuñán Letelier | Fecha: 2012-08-31 | ID: 275 | Categoría: Espíritu | Tema: Reflexiones | Tipo: Pensamientos

La alegría, así como la pena, se engendra

Contra todas las maquinaciones y las astucias del enemigo, mi mejor defensa es el espíritu de alegría. Jamás el diablo está tan contento como cuando ha podido quitar del alma de un siervo de Dios, la alegría.
 Tiene siempre en reserva un polvo que sopla en la conciencia a través de un tragaluz, para hacer volver opaco lo que es puro; pero es en vano que intente introducir su veneno mortal en un corazón henchido de gozo. Nada pueden los demonios contra un servidor de Cristo a quien encuentran lleno de santa alegría; pero lo pueden en un alma apesadumbrada, morosa y deprimida que fácilmente se deja sumergir en la tristeza o acaparar por falsos placeres.

—San Francisco de Asís

Francisco Bascuñán Letelier
Los Maitenes, Agosto 2012

Alegría, felicidad, tristeza, pena... parecen ser estados posteriores a los resultados de una acción. Minuto a minuto de nuestras vidas, con nuestras acciones u omisiones, vamos engendrando alguno de estos estados en nosotros mismos y hacia nuestro alrededor. Vamos produciendo círculos viciosos ondulatorios, como el efecto que producen miles de piedrecitas cayendo en una laguna, que nos van caracterizando, y por qué no decirlo, determinando  la ruta por donde transitamos.

Entonces, la calidad de la acción es influyente en la determinación de estos estados; pareciera ser que las causantes son aquellas acciones que armonizan o desarmonizan nuestro estado natural. Y la armonía tiene que ver no sólo con nuestro cuerpo sino que también con nuestro espíritu y con nuestra alma. Se dice que hay espíritus malignos, almas atormentadas, también espíritus alegres y almas luminosas. Con el accionar de nuestros cuerpos vamos forjando nuestras almas y concretando nuestros estados espirituales.

Estas tres personas, cuerpo, alma y espíritu, se encuentran conectadas en nuestras conciencias por algún elemento litúrgico tal, que las hace estar armónicamente en comunicación entre ellas. Perder esta comunicación, tal vez por algún malicioso acto egocéntrico, hace también perder esa armonía y esa alegría interior, propia de una auténtica felicidad; y caldo de cultivo para un sentimiento de impotencia y de rencor, antecesor de la violencia.

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